Los hogares del alma.


Los hogares de mi alma y el barrido que hace en un territorio, llevándose lo bueno. Y las partes de mí que también van quedando, como un acuerdo implícito, el ying y el yang. Equilibrio.
Cuando empiezas a sembrarte por el mundo, te sientes de ninguna parte. Dices adiós sin saber qué es sentirlo. Te sientes ajeno, a lo que incluso creías que eran tus raíces. Te quedas sin eje, sin base, sin molde, sin agarre. Aún no sabes que has venido completo y hecho para ello. Caes del nido.
Y vuelas.
Sí, porque ahí, amiga, te das cuenta de que la habilidad de volar la tenías desde siempre, de que alguien mucho antes que tú emprendió un viaje y desde entonces tú, yo y otros hemos seguido viajando.
A los ocho llegas y duermes pesado, te levantas más tarde que en tu sitio por el cambio de horario, saboreas las naranjas del zumo, más ácidas. Y todos los detalles son aún evidencias perceptibles, remarcables, edificios muy tallados, calles estrechas y frías (el sol no llega a todos los recovecos del viejo mundo) y muy pocos pasos que dar para ver la ciudad entera. De esta vez es pequeña. Letras como la z o la j son difíciles de pronunciar, no entiendes que a veces te manden de vuelta a tu país…Espera, acabo de llegar. Te das cuenta de que si entiendes todo lo que dicen los demás y sabes explicarte lo mejor posible, no tantos se enfadan y los enfadados dejan de estarlo más fácilmente. Curioso.
Y después de pasar por un cúmulo de pruebas y de impregnarte del sitio, adiós. Sabiendo mejor qué es eso, pero sintiéndote como la primera vez, dejas lo que ya no te sirve y te llevas lo bueno.
A los doce la naranja ahora es chipotle o jícama, es otro uniforme u otro himno que cantar los lunes, acentos y jergas. En seis meses seseas, eliges otros verbos, soportas el picante y sigues percibiendo que cuanto mejor te expliques, más fáciles de superar las pruebas. Pero también ‘los hombres le silban a las chicas de doce años, mamá’ puntualizas mientras paseas delante de una obra con tu falda escocesa. Y te haces feminista, aunque no sepas que se llama así. Gracias, vida, por hacerme recordar no sólo las cosas bonitas.
A los trece le das una oportunidad a la idea de ‘pertenencia según nacimiento’, vuelves y te acomodas cerca de árboles de guayaba y mango, la j suena suave y la z como el zumbido de abejas y las avenidas son inmensas. Ya no eres aquél sitio, aquellas palabras, aquellas personas. Lo sabes y eso te entristece porque eres pequeña y tienes deseo de pertenecer. Escribes sobre ello, recuerdas los adioses y como encerrando el triángulo, vuelta al viejo mundo. Como cuando tenías ocho.
A los quince y comprobando teorías, viendo que nada es igual pero que tienes la ventaja de haberlo sabido antes, dejas de querer pertenecer. Te vuelcas en ti misma, un tema igual o más complejo que el concepto de hogar y te ensimismas. Reconforta con el tiempo y los recuerdos de adioses darte cuenta de que la única constante en todos los escenarios y ante todas las pruebas has sido tú misma, tú, la constructora de las vivencias más sólidas y útiles para tu desarrollo, por lo que con pertenecerte a ti misma es más que suficiente.
Y hasta hoy, aunque aún en la constante exploración del mundo y las gentes, te mueves con la tranquilidad y serenidad de saber que el equipaje necesario ya lo tienes dentro, que lo demás es bienvenido por elección y que tu alma seguirá barriendo, quedándose lo bueno y quedándose en parte, para así hacer sitio a los recuerdos.

L.B




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