Siempre el espectador. Siempre el actor. A la vez, los ojos desde fuera, a la vez, los ojos mirando o siendo mirados. Analizando y ejerciendo. Siempre una parte de mi desde fuera saca conclusiones mientras la otra parte de mi desde dentro forma frases y las comparte con otros seres. En cualquier escenario de la vida me veo siendo así, ambigua, oscilante, presenciando y observando. Como si fuera imposible convertir al ser este mío en uno solo, el que simple y sencillamente vive una acción, sin no más pensar en ella. Y no sólo no pensar en ella sino que hacerlo mientras esta se desarrolla. Hacerlo mientras, siempre, en el intento de entender más allá, de conservar más tiempo, de evitar el final. Por una serie de motivos me posiciono en un plano intermedio entre lo físico y lo intangible. Entre lo hacible, aunque no exista tal palabra, y el pensar sobre qué nos lleva a hacer, y por qué.
A veces es como si estuviera en el mundo como un visitante, he venido a analizar mientras vivo pero sin análisis no soy. En la sala de espera, me siento, con la humanidad al lado, estoy. Y soy también, aunque soy a medias, porque hay una parte de mi que entiende la finitud, que entiende esta pequeña broma de mal gusto que, o se repite una y otra vez, o no se repite del todo. Ambas cosas desgracias, la vida así, como mi ser y mi ego. Como mi luz y mi sombra. Como esa pared que está del otro lado del edificio y no se ve pero que está para que el edificio sea como es y para que siga siéndolo. Y que sin esa pared, todo al suelo.
Mi mente es un recoveco, mi corazón un trapo caliente. La cuestión no es encontrarme, es creerme que puedo hacer cualquier cosa de verdad. Y abrazarlo todo con este calorcito que llevo dentro, y absorberlo todo y que pase por los tubos retorcidos de mi mente. Y hacerlo así, alegremente, amando a toda la gente, a los seres, presentes, presentes y ausentes, os conozco, os reconozco mejor dicho, mientras mi mirada al chocarse con las vuestras reconoce en ese brillo a un analista de la vida. Sois también algunos esa otra parte que se sienta y observa mientras la primera parte desarrolla y lo vive. Sois también ese pequeño espacio, como decía Fernando Pessoa, que hay entre el yo y yo. Lineas torcidas y fugaces que se escabullen intentando avanzar en línea recta todo el tiempo. Fuerzas como vientos que se vuelven en contra de uno mismo, como soplos de odio alejamos nuestras velas de la pureza. Porque parece que sin querer confundimos pureza y bondad con perder y flaquear, con no tener ese aura de magnetismo que atrae a todos seres y cosas. Esos dos yoes navegantes. Uno quiere ser sol y brillar en mitad del universo ajeno, ser amado y necesitado y exaltado, casi vulnerado. El otro es la pared, el otro es el análisis, el otro eres tu también ahí dentro dándote cuenta de lo curioso del existir y aprendiendo de ello, eres tu en pureza y sin los ropajes de la obra de teatro, imperfecto, de verdad.
A veces es como si estuviera en el mundo como un visitante, he venido a analizar mientras vivo pero sin análisis no soy. En la sala de espera, me siento, con la humanidad al lado, estoy. Y soy también, aunque soy a medias, porque hay una parte de mi que entiende la finitud, que entiende esta pequeña broma de mal gusto que, o se repite una y otra vez, o no se repite del todo. Ambas cosas desgracias, la vida así, como mi ser y mi ego. Como mi luz y mi sombra. Como esa pared que está del otro lado del edificio y no se ve pero que está para que el edificio sea como es y para que siga siéndolo. Y que sin esa pared, todo al suelo.
Mi mente es un recoveco, mi corazón un trapo caliente. La cuestión no es encontrarme, es creerme que puedo hacer cualquier cosa de verdad. Y abrazarlo todo con este calorcito que llevo dentro, y absorberlo todo y que pase por los tubos retorcidos de mi mente. Y hacerlo así, alegremente, amando a toda la gente, a los seres, presentes, presentes y ausentes, os conozco, os reconozco mejor dicho, mientras mi mirada al chocarse con las vuestras reconoce en ese brillo a un analista de la vida. Sois también algunos esa otra parte que se sienta y observa mientras la primera parte desarrolla y lo vive. Sois también ese pequeño espacio, como decía Fernando Pessoa, que hay entre el yo y yo. Lineas torcidas y fugaces que se escabullen intentando avanzar en línea recta todo el tiempo. Fuerzas como vientos que se vuelven en contra de uno mismo, como soplos de odio alejamos nuestras velas de la pureza. Porque parece que sin querer confundimos pureza y bondad con perder y flaquear, con no tener ese aura de magnetismo que atrae a todos seres y cosas. Esos dos yoes navegantes. Uno quiere ser sol y brillar en mitad del universo ajeno, ser amado y necesitado y exaltado, casi vulnerado. El otro es la pared, el otro es el análisis, el otro eres tu también ahí dentro dándote cuenta de lo curioso del existir y aprendiendo de ello, eres tu en pureza y sin los ropajes de la obra de teatro, imperfecto, de verdad.
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